/ viernes 4 de septiembre de 2020

Empezar a construir lo que sigue

El presidente López Obrador presentó su segundo informe de gobierno. Después de 21 meses en el ejercicio del poder, los buenos propósitos y la ferviente idea de transformar a México, se ha topado con la frialdad de la realidad cotidiana. Vivimos una pléyade de crisis que en distintas dimensiones opacan la efusividad que antes caracterizaba al primer mandatario.

Más de 65 mil muertos por Covid-19, 12 millones de personas en abierto desempleo, más de 50 mil asesinatos dolosos, el desmantelamiento administrativo provocado por la llamada “austeridad republicana” y una naciente crisis política que empieza a asomar su terrible rostro. No obstante, pese a los malos resultados, hay que reconocer que el presidente mantiene importantes números de aprobación popular, con alrededor de 54% que le es favorable.

La pregunta continua es, ¿cómo es posible que el mandatario mantenga una alta popularidad, frente a tan mal desempeño? Aún cuando no existe una sola y clara respuesta para dicho cuestionamiento, la que yo considero más viable es: “al presidente se le aprueba no en función de las políticas públicas que ejecuta o deja de ejecutar, sino por el simbolismo que representan sus acciones”.

AMLO llegó al poder, porque le tocó estar en el lugar correcto, en el momento correcto. En 2018 se había acumulado un malestar ciudadano que irrumpió en las urnas y que usó al viejo opositor de izquierda como vehículo para manifestar el enojo acumulado. Las nuevas dinámicas de comunicación evidenciaron la exclusión de millones de mexicanos, que junto con la galopante corrupción, generaron un ambiente propicio para exigir un golpe de timón a través de las urnas.

Hay ocasiones en que el presidente actúa con plena claridad de esta circunstancia; especialmente cuando reitera en su discurso el combate a la corrupción, define sus políticas públicas a favor de los más pobres. Al centrarse en esa visión, el mandatario conecta con la fuerza que lo arrastró hacia el triunfo, recarga su fuente de poder y se erige como un líder que cumple con su propósito histórico.

Sin embargo, cuando lo carcomen sus fobias personales, cuando se piensa encarnación del cambio, cuando el afán por incrementar su poder lo envuelven, se desconecta de ese centro, su actuar se nubla y comete errores costosos.

Mas allá de lo cuestionable de los datos y las cifras, el segundo informe nos permite ver que AMLO ha cumplido -consciente o inconscientemente- con la responsabilidad histórica de presentarnos con nuestros pecados frente a frente. En ocasiones denunciándolos, en otras encarnándolos. El caudillismo, la corrupción, el clientelismo, las instituciones sin apego popular, la democracia sin demócratas. En la medida en que el presidente luche contra esa realidad, crecerá su legado; conforme quiera aprovecharla en su beneficio, disminuirá.

La sociedad mexicana muestra signos de transformación de los que nadie es dueño en lo individual. Quienes piensan que este gobierno ha llegado a destruir mucho de lo que habíamos construido tienen razón. No obstante, ello no es necesariamente malo. El señalamiento y la crítica que hoy hace este gobierno a lo malo del pasado -bien conducido- puede ser la base para corregir y mejorar. Esa no será tarea ni labor de la actual administración.

La energía de este gobierno alcanza solo para la destrucción del pasado, no para la construcción del futuro; esa será labor de la #SociedadHorizontal que empieza a germinar.

El presidente López Obrador presentó su segundo informe de gobierno. Después de 21 meses en el ejercicio del poder, los buenos propósitos y la ferviente idea de transformar a México, se ha topado con la frialdad de la realidad cotidiana. Vivimos una pléyade de crisis que en distintas dimensiones opacan la efusividad que antes caracterizaba al primer mandatario.

Más de 65 mil muertos por Covid-19, 12 millones de personas en abierto desempleo, más de 50 mil asesinatos dolosos, el desmantelamiento administrativo provocado por la llamada “austeridad republicana” y una naciente crisis política que empieza a asomar su terrible rostro. No obstante, pese a los malos resultados, hay que reconocer que el presidente mantiene importantes números de aprobación popular, con alrededor de 54% que le es favorable.

La pregunta continua es, ¿cómo es posible que el mandatario mantenga una alta popularidad, frente a tan mal desempeño? Aún cuando no existe una sola y clara respuesta para dicho cuestionamiento, la que yo considero más viable es: “al presidente se le aprueba no en función de las políticas públicas que ejecuta o deja de ejecutar, sino por el simbolismo que representan sus acciones”.

AMLO llegó al poder, porque le tocó estar en el lugar correcto, en el momento correcto. En 2018 se había acumulado un malestar ciudadano que irrumpió en las urnas y que usó al viejo opositor de izquierda como vehículo para manifestar el enojo acumulado. Las nuevas dinámicas de comunicación evidenciaron la exclusión de millones de mexicanos, que junto con la galopante corrupción, generaron un ambiente propicio para exigir un golpe de timón a través de las urnas.

Hay ocasiones en que el presidente actúa con plena claridad de esta circunstancia; especialmente cuando reitera en su discurso el combate a la corrupción, define sus políticas públicas a favor de los más pobres. Al centrarse en esa visión, el mandatario conecta con la fuerza que lo arrastró hacia el triunfo, recarga su fuente de poder y se erige como un líder que cumple con su propósito histórico.

Sin embargo, cuando lo carcomen sus fobias personales, cuando se piensa encarnación del cambio, cuando el afán por incrementar su poder lo envuelven, se desconecta de ese centro, su actuar se nubla y comete errores costosos.

Mas allá de lo cuestionable de los datos y las cifras, el segundo informe nos permite ver que AMLO ha cumplido -consciente o inconscientemente- con la responsabilidad histórica de presentarnos con nuestros pecados frente a frente. En ocasiones denunciándolos, en otras encarnándolos. El caudillismo, la corrupción, el clientelismo, las instituciones sin apego popular, la democracia sin demócratas. En la medida en que el presidente luche contra esa realidad, crecerá su legado; conforme quiera aprovecharla en su beneficio, disminuirá.

La sociedad mexicana muestra signos de transformación de los que nadie es dueño en lo individual. Quienes piensan que este gobierno ha llegado a destruir mucho de lo que habíamos construido tienen razón. No obstante, ello no es necesariamente malo. El señalamiento y la crítica que hoy hace este gobierno a lo malo del pasado -bien conducido- puede ser la base para corregir y mejorar. Esa no será tarea ni labor de la actual administración.

La energía de este gobierno alcanza solo para la destrucción del pasado, no para la construcción del futuro; esa será labor de la #SociedadHorizontal que empieza a germinar.

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