/ martes 1 de enero de 2019

Gracias a la vida

Niñez feliz en este Acapulco que se ha ido transformando de forma tan silenciosa que no nos hemos dado cuenta de esa metamorfosis que nos ha convertido en otro universo social. Del paraíso perdido sólo hemos recobrado para la memoria una de aquellas posadas que antaño en el hogar celebrábamos para no olvidar el origen del Niño Dios, quien en un pesebre de Belén viera la Luz del Mundo, cobijado con el hálito de los animales -burro, vacas y becerros-, con los que compartió sus primeros momentos de vida.

Dios es una búsqueda incesante. A su imagen y semejanza procuramos la identidad de nuestra alma. Con la ventaja de resistir porque los golpes contundentes nos sirven para tomar aliento. 2018 no ha sido la panacea. He vivido noches umbrosas. No es mi estilo compartir penas ni sinsabores. Es la fecha terminal de un año la que me impele a la añoranza. Tiempos a los que no escapan los sollozos. Este año perdí a quien fue mi alma-compañera Anny, rezago, sueño, ilusión, acierto, estrella de la mañana, la voz de mi conciencia.

Qué más puedo ofrecerles a mis lectores. De mis angustias trataré de rescatar el aliento necesario para repetir la tarea de que cada día, sea un nuevo día con ánimo para ver la vida tal y como lo decía la Santa Madre Teresa de Calcuta “Siempre como una nueva oportunidad”. O Violeta Parra: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”.

En mi descargo manifiesto: soy un ser humano sufriente y alegre, bondadoso y frágil. Ninguna de las capitulaciones en la vida, me han derrotado. Sigo como El Cid cabalgando porque sé de antemano que no hay batalla perdida si uno con una actitud victoriosa mira como las Murallas de Jericó se derrumbaron.

Hasta aquí mi pena personal. Apelo a la misericordia de mis lectores porque no es nada sencillo despedirse para siempre de un ser tan amado como mi Anny. Dios infinito. Dios perenne en tus manos me encomiendo.

Envío mis parabienes para que recibamos el 2019 con un ahínco de propósitos inmejorables. Hacer es mucho mejor que decir. Trabajar es más productivo que pontificar. Si lo que buscamos es la dicha de nuestras familias, debemos de empezar por mantener el ritmo sostenido de mejorar en el entorno que nos toque. Puede parecer cursi, pero desde no pasarse un alto, no desperdiciar agua, ayudar a un anciano, proteger a una criatura, no maltratar a los animales, esto es lo que nos hará mejores. Siendo mejores nosotros, Acapulco será mejor: Guerrero y México serán mejores.

Hagámoslo. Es cuestión de fuerza de voluntad y con ello rendiremos homenaje a esta tierra, a este sol y a esta bahía de la que Dios nos ha dotado para que la merezcamos.

Niñez feliz en este Acapulco que se ha ido transformando de forma tan silenciosa que no nos hemos dado cuenta de esa metamorfosis que nos ha convertido en otro universo social. Del paraíso perdido sólo hemos recobrado para la memoria una de aquellas posadas que antaño en el hogar celebrábamos para no olvidar el origen del Niño Dios, quien en un pesebre de Belén viera la Luz del Mundo, cobijado con el hálito de los animales -burro, vacas y becerros-, con los que compartió sus primeros momentos de vida.

Dios es una búsqueda incesante. A su imagen y semejanza procuramos la identidad de nuestra alma. Con la ventaja de resistir porque los golpes contundentes nos sirven para tomar aliento. 2018 no ha sido la panacea. He vivido noches umbrosas. No es mi estilo compartir penas ni sinsabores. Es la fecha terminal de un año la que me impele a la añoranza. Tiempos a los que no escapan los sollozos. Este año perdí a quien fue mi alma-compañera Anny, rezago, sueño, ilusión, acierto, estrella de la mañana, la voz de mi conciencia.

Qué más puedo ofrecerles a mis lectores. De mis angustias trataré de rescatar el aliento necesario para repetir la tarea de que cada día, sea un nuevo día con ánimo para ver la vida tal y como lo decía la Santa Madre Teresa de Calcuta “Siempre como una nueva oportunidad”. O Violeta Parra: “Gracias a la vida, que me ha dado tanto”.

En mi descargo manifiesto: soy un ser humano sufriente y alegre, bondadoso y frágil. Ninguna de las capitulaciones en la vida, me han derrotado. Sigo como El Cid cabalgando porque sé de antemano que no hay batalla perdida si uno con una actitud victoriosa mira como las Murallas de Jericó se derrumbaron.

Hasta aquí mi pena personal. Apelo a la misericordia de mis lectores porque no es nada sencillo despedirse para siempre de un ser tan amado como mi Anny. Dios infinito. Dios perenne en tus manos me encomiendo.

Envío mis parabienes para que recibamos el 2019 con un ahínco de propósitos inmejorables. Hacer es mucho mejor que decir. Trabajar es más productivo que pontificar. Si lo que buscamos es la dicha de nuestras familias, debemos de empezar por mantener el ritmo sostenido de mejorar en el entorno que nos toque. Puede parecer cursi, pero desde no pasarse un alto, no desperdiciar agua, ayudar a un anciano, proteger a una criatura, no maltratar a los animales, esto es lo que nos hará mejores. Siendo mejores nosotros, Acapulco será mejor: Guerrero y México serán mejores.

Hagámoslo. Es cuestión de fuerza de voluntad y con ello rendiremos homenaje a esta tierra, a este sol y a esta bahía de la que Dios nos ha dotado para que la merezcamos.

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