/ sábado 23 de diciembre de 2023

Primer cantinero de Acapulco, oriundo de Ometepec

Salvador Añorve Evaristo, oriundo de Ometepec, fue el primer cantinero de Acapulco contratado por el General Juan Andrew Almazán

Acapulco se abría paso en su ruta de convertirse en el paraíso de América, haya por 1930, con sus playas de arena dorada, aguas turquesas y atardeceres de ensueño, por lo que también fue una gran oportunidad para su primer cantinero y pionero de la vida nocturna.

Pero no venía de Nueva York mucho menos de Paris, este singular personaje fue oriundo del bello nido Ometepec, municipio de la Región de la Costa Chica de Guerrero, de donde viajó a este balneario del Pacifico. Su nombre fue: Salvador Añorve Evaristo.

Fue contratado por el general Juan Andrew Almazán, sí, el mismo que se agandalló 22 hectáreas en donde hoy se encuentra el fraccionamiento Hornos, siendo secretario de Comunicaciones y Obras Públicas en la administración del presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio.

Lea también: “Chocolate Don Margarito”, más de 80 años de tradición chilapeña

En estos terrenos, el militar construyó los bungalows Hornos, ahí se abrió un elegante bar, al que llegaban los primeros turistas en vuelos directos del Distrito Federal, hoy Ciudad de México, pero también eran asiduos artistas del cine de la época de oro, políticos y funcionarios.

Chava, como era más conocido, atendía la barra y preparaba las bebidas, algunas eran de su invención, quien se distinguía por su trató amable y siempre presto para escuchar algún secreto y hasta la hacía de consejero o confidente.

Al ganarse el respeto de los clientes, era obligatorio escuchar tres narraciones personales del ometepequense y ganarse el derecho a que le obsequiara chorritos de licor extra, así que valía la pena poner atención.

La primera trataba de una singular anécdota, que protagonizo la mismísima diva del cine nacional, María Félix, cierto día llegó y le pidió una botella de agua de Seltz, a unas horas de el que todavía era su esposo el flaco de oro, Agustín Lara, anunciará su divorcio.

Rápidamente hurgo entre las bebidas y encontró una, que entregó a la artista, quien impaciente esperaba sentada en el bar. Al recibirla de manera amable la diva le dijo: “gracias Chavita. Es usted el único hombre decente en esta caballeriza”.

Le gustaba ponerle un poco de más a sus narraciones, por ejemplo, que María Félix lloró cuando escuchó que el Flaco le ofrendó la canción que, se inspiró en ella, sí, María Bonita, ella no dio marcha atrás a su decisión de terminar su relación tóxica.

Contó que la doña partió a España, pero no precisamente para vacacionar y relajarse, no, según aseguró que fue en busca del matador de toros, Luis Miguel Dominguín, de quien estaba enamorada, al menos eso se manejó en esos años.

La segunda fue de poseer una servilleta con un beso carmesí estampado por la actriz jolibudense Mirna Loy, para quienes no la identifican, fue de las pocas mujeres que lograron la transición del cine mudo al parlante; eso, sí, era dueña de una filmografía de más de cien películas.

La artista fue descubierta por el actor Rodolfo Valentino en 1925 y debutó ese mismo año en la película bíblica Ben Hur, pero quizá lo que la hizo más famosa fue su diferendo con el mafioso y enemigo público número 1, John Dillinger, al desmentir que era su admiradora como él lo pregonaba, afortunadamente no tuvo consecuencias.

La tercera narración se trataba de un episodio que casi le cuesta la vida, pues relató que en una ocasión se negó a servirle una copa al mismísimo general Aldegundo Godínez, éste prestó desenfundo su pistola cromada calibre 45, al tiempo que le grito ¡Aquí te mueres, cabrón!

Recordó que todo esto se debió por un principio éticoetílico, pues el militar le pidió que le preparara un coñac francés con agua de coco, lo que consideró que no podía cometer tal disparate. La amenaza fue retirada y compensada con un grueso fajó de billetes, con una sublime explicación por el arrebato del general: “es que tengo que mantener mi fama de cabrón o no salgo en la historia”.

Cabe destacar que Salvador Añorve se le reconoce por ser el creador del coctel Papagayo, que era la especialidad de la casa y que contenía dos chorros de ginebra Gordon y Vols, lo mismo de vermut francés, bitter angostura y granadina.

La bebida se adorna con un removedor rematado con la figura del ave que lleva su nombre. Chava hizo escuela y abrió el camino a otros guerrerenses a incursionar en este oficio, que siempre se creia en auqlla época que los extranjeros eran los mejores, lo que era totalmente falso.

Acapulco se abría paso en su ruta de convertirse en el paraíso de América, haya por 1930, con sus playas de arena dorada, aguas turquesas y atardeceres de ensueño, por lo que también fue una gran oportunidad para su primer cantinero y pionero de la vida nocturna.

Pero no venía de Nueva York mucho menos de Paris, este singular personaje fue oriundo del bello nido Ometepec, municipio de la Región de la Costa Chica de Guerrero, de donde viajó a este balneario del Pacifico. Su nombre fue: Salvador Añorve Evaristo.

Fue contratado por el general Juan Andrew Almazán, sí, el mismo que se agandalló 22 hectáreas en donde hoy se encuentra el fraccionamiento Hornos, siendo secretario de Comunicaciones y Obras Públicas en la administración del presidente de la República, Pascual Ortiz Rubio.

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En estos terrenos, el militar construyó los bungalows Hornos, ahí se abrió un elegante bar, al que llegaban los primeros turistas en vuelos directos del Distrito Federal, hoy Ciudad de México, pero también eran asiduos artistas del cine de la época de oro, políticos y funcionarios.

Chava, como era más conocido, atendía la barra y preparaba las bebidas, algunas eran de su invención, quien se distinguía por su trató amable y siempre presto para escuchar algún secreto y hasta la hacía de consejero o confidente.

Al ganarse el respeto de los clientes, era obligatorio escuchar tres narraciones personales del ometepequense y ganarse el derecho a que le obsequiara chorritos de licor extra, así que valía la pena poner atención.

La primera trataba de una singular anécdota, que protagonizo la mismísima diva del cine nacional, María Félix, cierto día llegó y le pidió una botella de agua de Seltz, a unas horas de el que todavía era su esposo el flaco de oro, Agustín Lara, anunciará su divorcio.

Rápidamente hurgo entre las bebidas y encontró una, que entregó a la artista, quien impaciente esperaba sentada en el bar. Al recibirla de manera amable la diva le dijo: “gracias Chavita. Es usted el único hombre decente en esta caballeriza”.

Le gustaba ponerle un poco de más a sus narraciones, por ejemplo, que María Félix lloró cuando escuchó que el Flaco le ofrendó la canción que, se inspiró en ella, sí, María Bonita, ella no dio marcha atrás a su decisión de terminar su relación tóxica.

Contó que la doña partió a España, pero no precisamente para vacacionar y relajarse, no, según aseguró que fue en busca del matador de toros, Luis Miguel Dominguín, de quien estaba enamorada, al menos eso se manejó en esos años.

La segunda fue de poseer una servilleta con un beso carmesí estampado por la actriz jolibudense Mirna Loy, para quienes no la identifican, fue de las pocas mujeres que lograron la transición del cine mudo al parlante; eso, sí, era dueña de una filmografía de más de cien películas.

La artista fue descubierta por el actor Rodolfo Valentino en 1925 y debutó ese mismo año en la película bíblica Ben Hur, pero quizá lo que la hizo más famosa fue su diferendo con el mafioso y enemigo público número 1, John Dillinger, al desmentir que era su admiradora como él lo pregonaba, afortunadamente no tuvo consecuencias.

La tercera narración se trataba de un episodio que casi le cuesta la vida, pues relató que en una ocasión se negó a servirle una copa al mismísimo general Aldegundo Godínez, éste prestó desenfundo su pistola cromada calibre 45, al tiempo que le grito ¡Aquí te mueres, cabrón!

Recordó que todo esto se debió por un principio éticoetílico, pues el militar le pidió que le preparara un coñac francés con agua de coco, lo que consideró que no podía cometer tal disparate. La amenaza fue retirada y compensada con un grueso fajó de billetes, con una sublime explicación por el arrebato del general: “es que tengo que mantener mi fama de cabrón o no salgo en la historia”.

Cabe destacar que Salvador Añorve se le reconoce por ser el creador del coctel Papagayo, que era la especialidad de la casa y que contenía dos chorros de ginebra Gordon y Vols, lo mismo de vermut francés, bitter angostura y granadina.

La bebida se adorna con un removedor rematado con la figura del ave que lleva su nombre. Chava hizo escuela y abrió el camino a otros guerrerenses a incursionar en este oficio, que siempre se creia en auqlla época que los extranjeros eran los mejores, lo que era totalmente falso.

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