/ domingo 22 de abril de 2018

Brasil, el declive político y social

El país latinoamericano fue considerado una potencia emergente, ahora se ve envuelto en una crisis de corrupción, inseguridad y economía

Celebrado hace apenas unos años como potencia emergente de América Latina, el gigante Brasil está ahora en bancarrota. Escándalos de corrupción, una grave crisis política e institucional y una ola de violencia han postrado de rodillas a la nación que parecía destinada hasta hace muy poco a marcar el ascenso de toda una región.

Aunque la economía se empieza a recuperar tras desplomarse en un 7.4 % entre 2015 y 2016, el drama que vive Brasil es un declive político, social y moral de distintas facetas. En el mar frente a Río de Janeiro se siguen viendo las inmensas plataformas petroleras que se multiplicaron durante la época de la bonanza económica, pero hoy son otras imágenes las que cuentan mejor la realidad de la ciudad postal del país. Por ejemplo: los soldados que patrullan armados hasta los dientes delante de las famosas playas del barrio de Copacabana.


PRESENCIA MILITAR

Y si a los turistas les causa curiosidad, en muchas de las favelas ubicadas a pocos kilómetros la presencia de las Fuerzas Armadas genera en cambio temor, porque para los brasileños más pobres los militares representan el peligro de ser sometidos a detenciones arbitrarias o de ser vejados en público.

"El Estado está siempre ausente", se queja Salvino Oliveira Barbosa, en la favela Ciudad de Dios. "Y cuando se hace presente, es con violencia", dice el joven de 20 años. Una intervención militar decretada en Río en febrero debe combatir la ola de criminalidad que castiga a la metrópoli desde el final de los Juegos Olímpicos de 2016 debido a la crisis económica y el aumento del desempleo, pero en los barrios más pobres los soldados sólo aumentan la sensación de inseguridad y de impotencia.

Otras imágenes: la dramática entrada en prisión del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, arrestado en la primera semana de abril para que empiece a cumplir una pena de prisión de 12 años por corrupción. Lula, celebrado en todo el mundo por el éxito de sus dos gobiernos de izquierda entre 2003 y 2010, se entregó a la policía tras pasar dos días refugiado en la sede del sindicato metalúrgico de Sao Paulo donde empezó décadas atrás su carrera política como líder sindical.

Cuando Lula salía para entregarse a los agentes después de que fallara su último recurso ante la Justicia para intentar evitar la prisión, decenas de seguidores intentaron bloquear de forma desesperada la ruta para impedir que el auto avanzase. Pese a su condena por corrupción, el histórico líder del Partido de los Trabajadores (PT) sigue siendo el político más popular de Brasil y es favorito para ganar las elecciones presidenciales de octubre.


CORRUPCIÓN Y LÁGRIMAS

Conocidas en todo Brasil son también las imágenes de un colaborador del actual presidente, el conservador Michel Temer, grabado recibiendo presuntamente unas maletas con dinero de sobornos en una calle de Sao Paulo. No solo su entorno, sino el propio Temer está implicado en el mismo escándalo de corrupción por el que fue condenado Lula, la Operación Lava Jato (Lavado de autos), una megainvestigación sobre una red de sobornos en torno a la petrolera estatal Petrobras que ha salpicado a casi a toda la clase política desde 2014.

Temer fue denunciado dos veces el año pasado con cargos probablemente más graves que los que pesan contra Lula, pero el Congreso, donde el presidente cuenta con amplios apoyos, impidió que fuera sometido a juicio negándose a levantarle la inmunidad.

Otra imagen reciente del drama brasileño: las lágrimas y los rostros de pavor de muchos activistas a mediados de marzo durante una protesta en el centro de Río por el brutal asesinato de Marielle Franco, una concejala negra de 38 años, nacida en una convulsa favela carioca y ejecutada a tiros en una calle por desconocidos.

Muchos están convencidos de que Franco murió por su activismo político, por sus denuncias contra la violencia policial en las comunidades pobres y la de las milicias, los grupos paramilitares que extorsionan a los habitantes las favelas y que están compuestos a menudo por funcionarios corruptos.

"¿Cuántos más tienen que morir para que esta guerra acabe?", escribió Franco en Twitter el día anterior a su asesinato, para denunciar un presunto caso de violencia policial. El crimen sigue impune.


EL ÚLTIMO DESTELLO

El Brasil de 2018 es muy distinto al de hace apenas unos años, cuando el gigante latinoamericano parecía haber despertado para ocupar un lugar destacado entre las potencias mundiales.

La economía brasileña se disparó durante una década sobre todo gracias a los altos precios del petróleo hasta alcanzar el crecimiento récord del 7.5 % del Producto Interno Bruto (PIB) en 2010. Los hallazgos de petróleo frente a las costas de Río hacían crecer la euforia y el liderazgo internacional del carismático Lula era la envidia del mundo.

"Queremos decirle al mundo que nosotros podemos", aseguraba el expresidente en 2009, cuando el país se aseguró la organización de los primeros Juegos Olímpicos en Sudamérica, un símbolo para reivindicar el ascenso de la estrella brasileña. Siete años más tarde Río 2016 fue en cierta forma el último destello, cuando la crisis ya se había instalado en el país y empezaba a arreciar.

Hoy Lula está preso en una cárcel del sur de Brasil y el gigante de América Latina parece no ver la luz al final del túnel.


Celebrado hace apenas unos años como potencia emergente de América Latina, el gigante Brasil está ahora en bancarrota. Escándalos de corrupción, una grave crisis política e institucional y una ola de violencia han postrado de rodillas a la nación que parecía destinada hasta hace muy poco a marcar el ascenso de toda una región.

Aunque la economía se empieza a recuperar tras desplomarse en un 7.4 % entre 2015 y 2016, el drama que vive Brasil es un declive político, social y moral de distintas facetas. En el mar frente a Río de Janeiro se siguen viendo las inmensas plataformas petroleras que se multiplicaron durante la época de la bonanza económica, pero hoy son otras imágenes las que cuentan mejor la realidad de la ciudad postal del país. Por ejemplo: los soldados que patrullan armados hasta los dientes delante de las famosas playas del barrio de Copacabana.


PRESENCIA MILITAR

Y si a los turistas les causa curiosidad, en muchas de las favelas ubicadas a pocos kilómetros la presencia de las Fuerzas Armadas genera en cambio temor, porque para los brasileños más pobres los militares representan el peligro de ser sometidos a detenciones arbitrarias o de ser vejados en público.

"El Estado está siempre ausente", se queja Salvino Oliveira Barbosa, en la favela Ciudad de Dios. "Y cuando se hace presente, es con violencia", dice el joven de 20 años. Una intervención militar decretada en Río en febrero debe combatir la ola de criminalidad que castiga a la metrópoli desde el final de los Juegos Olímpicos de 2016 debido a la crisis económica y el aumento del desempleo, pero en los barrios más pobres los soldados sólo aumentan la sensación de inseguridad y de impotencia.

Otras imágenes: la dramática entrada en prisión del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva, arrestado en la primera semana de abril para que empiece a cumplir una pena de prisión de 12 años por corrupción. Lula, celebrado en todo el mundo por el éxito de sus dos gobiernos de izquierda entre 2003 y 2010, se entregó a la policía tras pasar dos días refugiado en la sede del sindicato metalúrgico de Sao Paulo donde empezó décadas atrás su carrera política como líder sindical.

Cuando Lula salía para entregarse a los agentes después de que fallara su último recurso ante la Justicia para intentar evitar la prisión, decenas de seguidores intentaron bloquear de forma desesperada la ruta para impedir que el auto avanzase. Pese a su condena por corrupción, el histórico líder del Partido de los Trabajadores (PT) sigue siendo el político más popular de Brasil y es favorito para ganar las elecciones presidenciales de octubre.


CORRUPCIÓN Y LÁGRIMAS

Conocidas en todo Brasil son también las imágenes de un colaborador del actual presidente, el conservador Michel Temer, grabado recibiendo presuntamente unas maletas con dinero de sobornos en una calle de Sao Paulo. No solo su entorno, sino el propio Temer está implicado en el mismo escándalo de corrupción por el que fue condenado Lula, la Operación Lava Jato (Lavado de autos), una megainvestigación sobre una red de sobornos en torno a la petrolera estatal Petrobras que ha salpicado a casi a toda la clase política desde 2014.

Temer fue denunciado dos veces el año pasado con cargos probablemente más graves que los que pesan contra Lula, pero el Congreso, donde el presidente cuenta con amplios apoyos, impidió que fuera sometido a juicio negándose a levantarle la inmunidad.

Otra imagen reciente del drama brasileño: las lágrimas y los rostros de pavor de muchos activistas a mediados de marzo durante una protesta en el centro de Río por el brutal asesinato de Marielle Franco, una concejala negra de 38 años, nacida en una convulsa favela carioca y ejecutada a tiros en una calle por desconocidos.

Muchos están convencidos de que Franco murió por su activismo político, por sus denuncias contra la violencia policial en las comunidades pobres y la de las milicias, los grupos paramilitares que extorsionan a los habitantes las favelas y que están compuestos a menudo por funcionarios corruptos.

"¿Cuántos más tienen que morir para que esta guerra acabe?", escribió Franco en Twitter el día anterior a su asesinato, para denunciar un presunto caso de violencia policial. El crimen sigue impune.


EL ÚLTIMO DESTELLO

El Brasil de 2018 es muy distinto al de hace apenas unos años, cuando el gigante latinoamericano parecía haber despertado para ocupar un lugar destacado entre las potencias mundiales.

La economía brasileña se disparó durante una década sobre todo gracias a los altos precios del petróleo hasta alcanzar el crecimiento récord del 7.5 % del Producto Interno Bruto (PIB) en 2010. Los hallazgos de petróleo frente a las costas de Río hacían crecer la euforia y el liderazgo internacional del carismático Lula era la envidia del mundo.

"Queremos decirle al mundo que nosotros podemos", aseguraba el expresidente en 2009, cuando el país se aseguró la organización de los primeros Juegos Olímpicos en Sudamérica, un símbolo para reivindicar el ascenso de la estrella brasileña. Siete años más tarde Río 2016 fue en cierta forma el último destello, cuando la crisis ya se había instalado en el país y empezaba a arreciar.

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