/ domingo 10 de mayo de 2020

Desde la prisión, una madre que mató a sus hijos reflexiona sobre el 10 de Mayo

"Ellas me dijeron que les cubriera sus rostros con bolsas y que les apretara el cuello hasta que dejaran de respirar”, recuerda al contar el crimen

En la soledad de su celda, Marta escucha el ir y venir de sus compañeras que preparan el festejo.

Este domingo es un día especial, porque llegan sus hijos con el platillo favorito, las flores, los regalos y las cartas más cursis que pudieras imaginarte.

¿Vis a vis? No, nada es cara a cara, ni en la intimidad. Todo el patio se convierte en una romería, en un jolgorio —así como la RAE lo define: regocijo, fiesta, diversión bulliciosa—, en un encuentro gozoso de familias a quienes los barrotes, ese día, les hacen los mandados.

Las niñas y los niños pueden correr en los pasillos, jugar a las escondidas, subirse a las resbaladillas y columpios viejos, cuya pintura se desgastó por la intemperie y el paso del tiempo. Además, es día de “agosto” para las artistas que venden piezas de madera, servilletas, repujado, artesanías multicolores.

Marta se incorporó con desdén en su litera y sintió la garganta seca. ¡Cómo se me antoja un tequila! ¡O un mezcal!, pensó. Se quedaría con las ganas, porque ni en día de fiesta, los custodios permiten el ingreso de una gota de alcohol o alguna fruta que pueda fermentarse.

II

Por más desdén que muestra en su rostro, en el fondo, Marta mastica en su corazón un dolor profundo, que no puede arrancarse del pecho. Además de la culpa, carga en su espalda el fardo del desprecio y ahí, amontonados, uno a uno, los reclamos, la burla, el descrédito y los adjetivos acumulados con el tiempo.

Todavía recuerda la voz de Rubén, su esposo, cuando la llevaron a la cárcel. Sus ojos, como saetas, le cruzaron el pecho, mientras de su voz salían balas de hielo: “Eres una hiena desgraciada”.

“Si me preguntas, te puedo decir que aún sigo escuchando voces. Esas voces fueron las que me pidieron que matara a mis hijos.

"Ellas me dijeron que les cubriera sus rostros con bolsas y que les apretara el cuello hasta que dejaran de respirar”.

“¿Dolor? ¡Claro que siento dolor, eran mis hijos”. “Todo lo demás no lo entenderías, porque yo tampoco lo entiendo. Pasó y aquí estoy, cumpliendo condena, porque una madre debería proteger y no matar”.

III

Dura, severa, curtida en la soledad de la cárcel, buscando sobrevivir, aunque considera que “ya no hay necesidad, ya no tiene sentido”, Marta ve por las noches, en los pasillos oscuros del penal a sus pequeños hijos de 5, 3 y 2 años.

“Sí, ahí los veo, juegan juntos, se lanzan una pelota. Me voltean a ver. Algunas veces me sonríen, pero si intento acercarme se van. Ya no lo intento. Prefiero verlos de lejos, saber que están ahí”.

“¿Rencor? No, no les veo rencor en los ojos. Quizá sí un poco de miedo o más bien compasión. Mire, a veces creo que es mejor estar muerto. Aquí vive uno solo para sufrir. Al final, venimos a perder todo y el destino es morirnos y ya”.

Marta sonríe. Está lúcida. Sabe que mató a sus hijos, pero no sabe por qué. En la pared de su cuarto, junto a su cama, conserva pegada una estampa de la virgen de Guadalupe, con la frase “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”.

Me mira, para intentar explicar. “¿No debería ser una madre amparo y protección?”, me dice quedito, como para que nadie en esas frías paredes escuche.

IV

Ya es domingo y el patio se inunda de voces, risas, carcajadas y felicidad. Ningún 10 de mayo, desde que llegó a esta celda, Marta se ha acercado al festejo.

No sólo porque no tiene quién la visite, también porque guarda en su interior este dolor profundo e inexplicable de haber asesinado a sus tres hijos.

Desde la quietud y silencio de ese rincón de la prisión, Marta escucha, en la memoria, como dardo helado, el grito de “hiena”, que Rubén le lanzó hace diez años cuando llegó aquí. Nunca ha sabido bien a bien, por qué esa palabra y la comparación con ese animal. Sin embargo, la ha aceptado y cree que se la merece.

Por una rendija de la ventana de madera de su celda en la prisión, como si viera un microcosmos o un macro universo, Marta observa cómo sus compañeras, madres casi todas, disfrutan de la alegría de sus hijos, sus besos, sus abrazos y sus anécdotas en el mundo libre.

Una lágrima se desprende de sus ojos, en tanto rumia, mastica, pensamientos de sufrimiento, angustia y soledad. Ya es diez de mayo y aunque supo del amor de madre, hoy sólo puede abrazar recuerdos y dolores que le apretujan el corazón.

Por la tarde, como cada año, su amiga Anabel le llevará un trozo de pastel, unos pambazos de chorizo con frijoles y le dará un abrazo fuerte, sin decirle una sola palabra, sabedora del fuego que le carcome.


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En la soledad de su celda, Marta escucha el ir y venir de sus compañeras que preparan el festejo.

Este domingo es un día especial, porque llegan sus hijos con el platillo favorito, las flores, los regalos y las cartas más cursis que pudieras imaginarte.

¿Vis a vis? No, nada es cara a cara, ni en la intimidad. Todo el patio se convierte en una romería, en un jolgorio —así como la RAE lo define: regocijo, fiesta, diversión bulliciosa—, en un encuentro gozoso de familias a quienes los barrotes, ese día, les hacen los mandados.

Las niñas y los niños pueden correr en los pasillos, jugar a las escondidas, subirse a las resbaladillas y columpios viejos, cuya pintura se desgastó por la intemperie y el paso del tiempo. Además, es día de “agosto” para las artistas que venden piezas de madera, servilletas, repujado, artesanías multicolores.

Marta se incorporó con desdén en su litera y sintió la garganta seca. ¡Cómo se me antoja un tequila! ¡O un mezcal!, pensó. Se quedaría con las ganas, porque ni en día de fiesta, los custodios permiten el ingreso de una gota de alcohol o alguna fruta que pueda fermentarse.

II

Por más desdén que muestra en su rostro, en el fondo, Marta mastica en su corazón un dolor profundo, que no puede arrancarse del pecho. Además de la culpa, carga en su espalda el fardo del desprecio y ahí, amontonados, uno a uno, los reclamos, la burla, el descrédito y los adjetivos acumulados con el tiempo.

Todavía recuerda la voz de Rubén, su esposo, cuando la llevaron a la cárcel. Sus ojos, como saetas, le cruzaron el pecho, mientras de su voz salían balas de hielo: “Eres una hiena desgraciada”.

“Si me preguntas, te puedo decir que aún sigo escuchando voces. Esas voces fueron las que me pidieron que matara a mis hijos.

"Ellas me dijeron que les cubriera sus rostros con bolsas y que les apretara el cuello hasta que dejaran de respirar”.

“¿Dolor? ¡Claro que siento dolor, eran mis hijos”. “Todo lo demás no lo entenderías, porque yo tampoco lo entiendo. Pasó y aquí estoy, cumpliendo condena, porque una madre debería proteger y no matar”.

III

Dura, severa, curtida en la soledad de la cárcel, buscando sobrevivir, aunque considera que “ya no hay necesidad, ya no tiene sentido”, Marta ve por las noches, en los pasillos oscuros del penal a sus pequeños hijos de 5, 3 y 2 años.

“Sí, ahí los veo, juegan juntos, se lanzan una pelota. Me voltean a ver. Algunas veces me sonríen, pero si intento acercarme se van. Ya no lo intento. Prefiero verlos de lejos, saber que están ahí”.

“¿Rencor? No, no les veo rencor en los ojos. Quizá sí un poco de miedo o más bien compasión. Mire, a veces creo que es mejor estar muerto. Aquí vive uno solo para sufrir. Al final, venimos a perder todo y el destino es morirnos y ya”.

Marta sonríe. Está lúcida. Sabe que mató a sus hijos, pero no sabe por qué. En la pared de su cuarto, junto a su cama, conserva pegada una estampa de la virgen de Guadalupe, con la frase “¿No estoy yo aquí que soy tu madre?”.

Me mira, para intentar explicar. “¿No debería ser una madre amparo y protección?”, me dice quedito, como para que nadie en esas frías paredes escuche.

IV

Ya es domingo y el patio se inunda de voces, risas, carcajadas y felicidad. Ningún 10 de mayo, desde que llegó a esta celda, Marta se ha acercado al festejo.

No sólo porque no tiene quién la visite, también porque guarda en su interior este dolor profundo e inexplicable de haber asesinado a sus tres hijos.

Desde la quietud y silencio de ese rincón de la prisión, Marta escucha, en la memoria, como dardo helado, el grito de “hiena”, que Rubén le lanzó hace diez años cuando llegó aquí. Nunca ha sabido bien a bien, por qué esa palabra y la comparación con ese animal. Sin embargo, la ha aceptado y cree que se la merece.

Por una rendija de la ventana de madera de su celda en la prisión, como si viera un microcosmos o un macro universo, Marta observa cómo sus compañeras, madres casi todas, disfrutan de la alegría de sus hijos, sus besos, sus abrazos y sus anécdotas en el mundo libre.

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