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Violeta del Anáhuac

  • Isabel Ortega Morales

El sentido de responsabilidad de los padres y madres de familia debe tener en este tema un enfoque que nos permita sostener la confianza en el Creador, volver hacia los valores y construir una nueva forma en la que los teléfonos móviles no nos separen, sino sean herramientas útiles en este contexto de violencia.

La reciente muerte de un menor, producto del impacto de balas en su cabeza, no sólo es un hecho triste, sino preocupante. Surgen muchas, muchas preguntas que no tienen respuesta, sino algo que no se ha logrado superar, la inquietud ciudadana.

No escapa a nadie que la violencia ha afectado a la sociedad en distintas formas. El concepto de familia ha modificado la forma en que estamos integrados. La forma en que nos conducimos, la forma en que convivimos.

El miedo se ha convertido en un tema que no nos deja. Que está al acecho. Es un tema que ha llegado hasta el interior de nuestras conversaciones familiares, y toma la conversación en la habitación y en la soledad está también presente.

Pero hoy, cuando un niño arriba a un hospital, cuando la madrugada le sorprende y balas le cortan la vida, la referencia del hecho debe ser abordada mucho más, cuanto más que al interior de esa familia, de lo que se sabe, encontramos otro luto, de otro hijo, y parece, que también por balas.

El sentido de responsabilidad de los padres y madres de familia debe tener en este tema un enfoque que nos permita sostener la confianza en el Creador, volver hacia los valores y construir una nueva forma en la que los teléfonos móviles no nos separen, sino sean herramientas útiles en este contexto de violencia.

Si al interior del hogar fijamos reglas ¿qué pasará? Las reglas suelen considerarse no necesarias, inquietan, no suelen ser cómodas para nuestros hijos que han crecido, a diferencia nuestra, en un marco más flexible de convivencia. Pero ahora, con todo lo que conlleva, debemos considerar si las formas de convivencia son suficientes para entrar a la sociedad, estar en ella y correr los menos riesgos posibles.

Siempre se ha dicho que los hijos somos como los dedos de una mano, distintos. Que cada cual tiene su propia personalidad y que cada uno y una de ellas requiere de un trato distinto pero que tenga el mismo fin, preservar su vida.

No creí decirlo nunca, pero es el momento de tomar de la información los datos de la constante para hacer una referencia que nos indique qué tenemos que hacer para mantener un contexto de seguridad.

Esas constantes deben ser revisadas por cada integrante de la familia y que cada cual aporte lo que su propio contexto le indique es lo mejor. Esto significa que cada una y uno de nosotros debemos estar  atentos a realizar las formas de seguridad que más convengan y que permitan lo que todos buscamos, preservar la vida.

No instauremos formas tajantes. No funcionan con nuestros hijos. Lo imperativo que perciben de nuestras reglas no encaja en la forma en que nosotros, con nuestro marco de información, tenemos como preocupación.

Lo que sí resulta imperativo es su aplicación, y su aplicación rápida. Si cada cual realizamos en nuestros hogares reglas y formas, podremos contribuir a que la seguridad de nuestras familias tenga en nosotros, nuestro propio sentido de responsabilidad familiar y social.