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De Luis de la Hidalga…

  • Rodrigo Juárez Ortiz


En un evento en este puerto, siendo mi esposa Ivonne, me platicó que  hizo migas con una señora que le pareció fantástica con quien tuvo curiosas coincidencias. Es el caso que hablando de temas múltiples, dado que ambas son muy inteligentes pero especialmente de raigambre artística, llegaron a los comentarios sobre las actividades de sus respectivos esposos y cuando una de ellas dijo que su marido era abogado, la otra contestó, el mío también; entonces una dijo le gusta dar clases y la otra contestó, al mío también; seguidamente la otra dijo que las clases las impartía en la Facultad de Derecho de la Universidad Americana de Acapulco, a lo que la otra contestó el mío también; una dijo entonces, a mi esposo le gusta siempre vestir de blanco y la respuesta que obtuvo fue que al suyo también; incluso mi esposo escribe en la página editorial del periódico El Sol de Acapulco y la siguiente respuesta fue, el mío también; ante tanta coincidencia, la cual era muy significativa en tanto que inclusive podría tratarse de la misma persona, llegaron a dilucidar el asunto dando los nombres de sus respectivos esposos, diciendo una, el mío se llama Luis de la Hidalga  Enríquez y la otra dijo el mío es Rodrigo Juárez Ortiz.

Dilucidado el asunto, hicieron grandes migas lo que propició el acercamiento entre el que esto escribe y el maestro Luis de la Hidalga Enríquez ambos con grandes coincidencias en el pensamiento iusfilosófico, histórico e ideológico, salvo algunas discrepancias que resultan siempre muy sanas en este tipo de encuentros.

En efecto, a partir de entonces nació entrambos una gran y sincera amistad que se llevó en términos de colaboración, de ayuda y de respeto mutuo, incluso me otorgó la confianza de patrocinarlo en algunos de sus asuntos jurídicos, toda vez que el no litigaba.

De esta suerte, me puedo atrever a expresar, desde luego de una manera sinóptica y muy limitada, a la que considero su forma de pensar, sentir y querer, insisto, en términos muy generales.

Luis, ante todo, era un ser pensante, una persona inteligente, humanista, republicano, nacionalista, con una gran experiencia en la política real, en la diplomacia, en la academia, en la investigación, en la docencia, en el periodismo y en la legislación, entre otras actividades que desarrolló como la literatura, escribiendo algunas novelas en donde volcaba sus experiencias personales.

Sería prolijo mencionar su hoja de vida y no es el motivo de este adiós postrero a un amigo, pero al margen de toda la gama múltiple de actividades que desarrolló en su inquieta vida, al margen de sus condecoraciones, grados académicos y reconocimientos, como el de haber obtenido el Premio Nacional de Periodismo, sí me parece mencionar que él fue el que elaboró la Constitución Política de Quintana Roo, cuando se erigió como Estado Libre y Soberano cuando dejó de ser territorio, razón por la cual el Legislativo de ese estado lo honró poniéndole su nombre a la biblioteca del Congreso local y además, lo que me parece una distinción especialísima fue que la Universidad Autónoma de Quintana Roo le otorgó el grado de Doctor Honoris Causa, pero como por razones de salud no podía asistir al evento, el Consejo Universitario, en Pleno, vino a este puerto de Acapulco en donde le otorgó dicho reconocimiento.

De sus escritos y sus charlas se desprende su animadversión manifiesta  en contra de quien él consideraba los grandes causantes de los males de México: el clero y los “gringos”.

No podría soslayar de estos comentarios el significado trascendental que tuvo para su vida su unión con Sonia Amelio, Prima Ballerina y la mejor crotalista del mundo, aclamada en todas partes en donde hace gala de su virtuosismo dancístico en donde ella participa, también es directora de orquesta, de escena, arreglista y compositora, autora de su muy especial coreografía, entre otras, cada una a su tiempo. Descansa en paz amigo Luis. O usted, solidario lector ¿Qué opina?