/ jueves 30 de mayo de 2024

Otro del dinosaurio

Como son días que no se puede hablar ni escribir sobre los comicios o hacer proselitismo electoral, transcribo uno más de los cuentos del viejo dinosaurio, advirtiendo que lo que va entre paréntesis es del suscrito. Cito: “Una de las mayores calamidades a las que puede enfrentarse un político es que su palabra haya pasado a valer sorbete. Que tenga menos valor que un billete falso de siete pesos.

Ello se debe a que la palabra de un individuo tiene mayor o menor importancia, dependiendo del lugar y del uso al que está destinada. Por ejemplo, el nombre y la identidad no tienen mayor importancia en un restaurante o en un hotel. Es por eso que en dichos establecimientos nunca se le pide a uno que muestre su credencial de elector ni su CURP. Uno puede dar el nombre que se le hinche que no habrá problema alguno. ‘Resérvenme mesa a nombre del senador Grimaldi’. ‘Regístrenme como el conde Coburgo’. Lo que uno diga vale madres. Lo que importa es la tarjeta de crédito no el nombre del borracho.

Pero, ¿qué tal en el banco? Allí, si no llevamos nuestro plástico electoral no somos nada ni nadie. ‘Que yo soy el beneficiario del cheque, que yo soy el titular de la cuenta, que yo soy el dueño del banco’. Nada de eso vale ni puede complacer esa solicitud que, pendejamente, nos dice ‘me regala su identificación’. Como si pudiera regalarse la identidad, la firma o el RFC. Palabrería taruga que les insertan a los empleados. ‘Accesar’, ‘mailear’, ‘cipear’ y mil sandeces más.

Sin embargo, en la política no hay ‘CURPS’ ni identificación del IFE (hoy es INE) ni tarjeta de crédito. El único crédito es el de la palabra y si este ya se chingó, pues ya se chingó también su dueño. Si políticamente queda boletinado es como la caja que rechaza nuestro pago en la tienda. Cuando la opinión pública le dice al político que no le cree es como cuando la cajera nos dice que no le aceptan nuestro plástico crediticio. ‘¿No tendrá otra tarjeta?, porque ésta no pasó’. Bien si traemos un repuesto; pero, en política si no pasa nuestra palabra, ya no hay ‘tu tía’.

Son aquellos políticos que no les creen ni sus verdades, aunque estén certificadas por notario (‘tendremos el mejor sistema de salud’, ‘se acabó la corrupción’, ‘ni parientes ni amigos harán negocios’, ‘ni un árbol se talará’, ‘creceremos al seis por ciento’, ‘los militares a los cuarteles’, ‘no se me da la venganza’, ‘al siguiente día de mi mandato, se acabará la violencia’, ‘yo tengo otros datos’, y un largo etcétera). Que si hacen una vialidad se piensa que tienen arreglos con el constructor. Que si desarrollan una región, se sospecha que buscan votos electorales. Que si expiden una ley, se malicia que es para distraer la atención. Total, siempre se deduce que todo lo hacen porque son rateros, ambiciosos y ladinos pero nunca porque son modernizadores, justos y visionarios.

El político más afortunado es al que le creen todo, aunque sea mentira, mientras que el más desgraciado es aquel al que no le creen nada, aunque sea verdad. Aquel que, hasta cuando reza, sabemos que le está mintiendo a su dios. Que no quiere que se haga la voluntad de su creador sino tan solo los pinches caprichos de él. Que no perdona a sus deudores sino que los persigue y los chinga. Y que el pan de cada día ya lo tiene muy bien asegurado en un banco suizo, lejos de los fisgones de la contraloría. Vale.”

GALINDO OCHOA, Francisco. EL ÚLTIMO DINOSAURIO, Academia Nacional, A.C., México, 2011, pp. 23-24.

Como son días que no se puede hablar ni escribir sobre los comicios o hacer proselitismo electoral, transcribo uno más de los cuentos del viejo dinosaurio, advirtiendo que lo que va entre paréntesis es del suscrito. Cito: “Una de las mayores calamidades a las que puede enfrentarse un político es que su palabra haya pasado a valer sorbete. Que tenga menos valor que un billete falso de siete pesos.

Ello se debe a que la palabra de un individuo tiene mayor o menor importancia, dependiendo del lugar y del uso al que está destinada. Por ejemplo, el nombre y la identidad no tienen mayor importancia en un restaurante o en un hotel. Es por eso que en dichos establecimientos nunca se le pide a uno que muestre su credencial de elector ni su CURP. Uno puede dar el nombre que se le hinche que no habrá problema alguno. ‘Resérvenme mesa a nombre del senador Grimaldi’. ‘Regístrenme como el conde Coburgo’. Lo que uno diga vale madres. Lo que importa es la tarjeta de crédito no el nombre del borracho.

Pero, ¿qué tal en el banco? Allí, si no llevamos nuestro plástico electoral no somos nada ni nadie. ‘Que yo soy el beneficiario del cheque, que yo soy el titular de la cuenta, que yo soy el dueño del banco’. Nada de eso vale ni puede complacer esa solicitud que, pendejamente, nos dice ‘me regala su identificación’. Como si pudiera regalarse la identidad, la firma o el RFC. Palabrería taruga que les insertan a los empleados. ‘Accesar’, ‘mailear’, ‘cipear’ y mil sandeces más.

Sin embargo, en la política no hay ‘CURPS’ ni identificación del IFE (hoy es INE) ni tarjeta de crédito. El único crédito es el de la palabra y si este ya se chingó, pues ya se chingó también su dueño. Si políticamente queda boletinado es como la caja que rechaza nuestro pago en la tienda. Cuando la opinión pública le dice al político que no le cree es como cuando la cajera nos dice que no le aceptan nuestro plástico crediticio. ‘¿No tendrá otra tarjeta?, porque ésta no pasó’. Bien si traemos un repuesto; pero, en política si no pasa nuestra palabra, ya no hay ‘tu tía’.

Son aquellos políticos que no les creen ni sus verdades, aunque estén certificadas por notario (‘tendremos el mejor sistema de salud’, ‘se acabó la corrupción’, ‘ni parientes ni amigos harán negocios’, ‘ni un árbol se talará’, ‘creceremos al seis por ciento’, ‘los militares a los cuarteles’, ‘no se me da la venganza’, ‘al siguiente día de mi mandato, se acabará la violencia’, ‘yo tengo otros datos’, y un largo etcétera). Que si hacen una vialidad se piensa que tienen arreglos con el constructor. Que si desarrollan una región, se sospecha que buscan votos electorales. Que si expiden una ley, se malicia que es para distraer la atención. Total, siempre se deduce que todo lo hacen porque son rateros, ambiciosos y ladinos pero nunca porque son modernizadores, justos y visionarios.

El político más afortunado es al que le creen todo, aunque sea mentira, mientras que el más desgraciado es aquel al que no le creen nada, aunque sea verdad. Aquel que, hasta cuando reza, sabemos que le está mintiendo a su dios. Que no quiere que se haga la voluntad de su creador sino tan solo los pinches caprichos de él. Que no perdona a sus deudores sino que los persigue y los chinga. Y que el pan de cada día ya lo tiene muy bien asegurado en un banco suizo, lejos de los fisgones de la contraloría. Vale.”

GALINDO OCHOA, Francisco. EL ÚLTIMO DINOSAURIO, Academia Nacional, A.C., México, 2011, pp. 23-24.