/ miércoles 4 de noviembre de 2020

La muerte el canto del camino

“Morir es callar, no decir nada, no moverse, dejar el paso a otros, no respirar…y estar presente en todos los lados escondido (Jaime Sabines)”

La muerte siempre ha tenido un camino doloroso. El nacimiento viene con ella. Acompaña todos los espacios sin que conozcamos el momento ni la forma en que se presentará, y se ha convertido en este 2020 en el incierto camino de la vida que acecha, como salteador o bandolero, en todos los espacios y en todas las personas.

La vida intenta mantenerse sobre un adversario que, como sombra, nos alerta de todos, nos aleja como humanidad, nos concentra en la prevención y nos alerta sobre la forma en que debemos desarrollar nuestras actividades para sobrevivirle.

El mictlán establece un espacio de sus nueve regiones, entre el gran espacio de la vida. Como un misterioso halo que nos lleva a ese lugar, al que nos resistimos, pero vamos cediendo en la ausencia de un protocolo, en uso no adecuado del mismo, o ante la indiferencia de lo que le suceda al otro que es parte del mismo espacio que habitamos y puede alcanzarnos. Quizá para habitar los sueños de Quetzalcóatl, o Huitzilopochtli, o estar en los dominados por Xipetótec o Tezcatlipoca en Chiconauhmictlán.

2020 nos ha abrazado a todos, a todas. Nos ha marcado a todas, a todos. Al pueblo mexicano, al mundo entero. Sonreímos ante el aliento de la presencia de nuestros seres queridos, y guardamos un pesado silencio ante la partida por el COVID 19 de parientes, amigos, conocidos, vecinos del espacio elegido para habitar.

No sabemos del día siguiente. No sabemos de la noche ni del amanecer. Octubre no cantó como años anterior a la luna, ni nos ha maravillado su esplendor o su repliegue para permitirnos admirar el paisaje de los cielos nocturnos. Sabemos del ahora que ha cobrado más relevancia para nosotras y nosotros las bondades del sol en nuestra salud para evitar abordar la barca que Caronte conduce si pagamos el viaje por el rio Aqueronte.

Hace tiempo que el tiempo no nos hablaba tan cerquita de la muerte. Hace tiempo que las voces que acompañan el último viaje no se acercan a los que han partido. Hace tiempo que no imaginamos partir sin una bendición y un acompañamiento. Hace tiempo que se desplomó el aliento de la propia celebración y que el camino hacia adelante tiene zozobra.

Y sin embargo, ahí, en ese espacio, también hay familia que puede esperar con paciencia por nosotros, que no duermen el sueño eterno, sino que están en el espacio de la luz del conocimiento sus almas y en el espacio de tributo a la tierra sus cuerpos.

La muerte es un canto en el camino que nos cala para recordarnos que nos acompaña siempre.

“Muerte, si otra muerte hubiera, a esa muerte le pagara, porque muerte a ti te diera (refrán popular)”


“Morir es callar, no decir nada, no moverse, dejar el paso a otros, no respirar…y estar presente en todos los lados escondido (Jaime Sabines)”

La muerte siempre ha tenido un camino doloroso. El nacimiento viene con ella. Acompaña todos los espacios sin que conozcamos el momento ni la forma en que se presentará, y se ha convertido en este 2020 en el incierto camino de la vida que acecha, como salteador o bandolero, en todos los espacios y en todas las personas.

La vida intenta mantenerse sobre un adversario que, como sombra, nos alerta de todos, nos aleja como humanidad, nos concentra en la prevención y nos alerta sobre la forma en que debemos desarrollar nuestras actividades para sobrevivirle.

El mictlán establece un espacio de sus nueve regiones, entre el gran espacio de la vida. Como un misterioso halo que nos lleva a ese lugar, al que nos resistimos, pero vamos cediendo en la ausencia de un protocolo, en uso no adecuado del mismo, o ante la indiferencia de lo que le suceda al otro que es parte del mismo espacio que habitamos y puede alcanzarnos. Quizá para habitar los sueños de Quetzalcóatl, o Huitzilopochtli, o estar en los dominados por Xipetótec o Tezcatlipoca en Chiconauhmictlán.

2020 nos ha abrazado a todos, a todas. Nos ha marcado a todas, a todos. Al pueblo mexicano, al mundo entero. Sonreímos ante el aliento de la presencia de nuestros seres queridos, y guardamos un pesado silencio ante la partida por el COVID 19 de parientes, amigos, conocidos, vecinos del espacio elegido para habitar.

No sabemos del día siguiente. No sabemos de la noche ni del amanecer. Octubre no cantó como años anterior a la luna, ni nos ha maravillado su esplendor o su repliegue para permitirnos admirar el paisaje de los cielos nocturnos. Sabemos del ahora que ha cobrado más relevancia para nosotras y nosotros las bondades del sol en nuestra salud para evitar abordar la barca que Caronte conduce si pagamos el viaje por el rio Aqueronte.

Hace tiempo que el tiempo no nos hablaba tan cerquita de la muerte. Hace tiempo que las voces que acompañan el último viaje no se acercan a los que han partido. Hace tiempo que no imaginamos partir sin una bendición y un acompañamiento. Hace tiempo que se desplomó el aliento de la propia celebración y que el camino hacia adelante tiene zozobra.

Y sin embargo, ahí, en ese espacio, también hay familia que puede esperar con paciencia por nosotros, que no duermen el sueño eterno, sino que están en el espacio de la luz del conocimiento sus almas y en el espacio de tributo a la tierra sus cuerpos.

La muerte es un canto en el camino que nos cala para recordarnos que nos acompaña siempre.

“Muerte, si otra muerte hubiera, a esa muerte le pagara, porque muerte a ti te diera (refrán popular)”


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