/ viernes 23 de febrero de 2018

La ideología… ¿para qué?

El ejercicio de la incongruencia: los que ayer fueron calificados como elementos de la “mafia del poder”, hoy son postulados por aquéllos que los denostaban. Los postulantes simulando aquello que no son, y los postulados disimulando aquello que sí son. El mundo al revés.

La “geometría política” ha quedado hecha añicos. Lo mismo que la “orientación ideológica”. Basta ver la incorporación de personas en torno a cierto candidato presidencial para darse cuenta que la ideología fue hecha a un lado, si no es que despreciada. Los electores votaremos, quizá, por una persona, pero no por una idea o ideología; nuestro sufragio será en favor de alguien, como voto de castigo contra una situación, circunstancia o estadio que nos afecta. Pero no porque haya una referencia política ideológica. Simplemente porque ya no la hay. De ser así, regresaremos al caudillismo. Y eso es lo peligroso, porque se abre la puerta para que los mesías, los caudillos, los “iluminados”, tengan tribuna y escenario para prometer fantasías, utopías que abrazarán todos aquellos que están hartos de la corrupción, la desigualdad, la pobreza, la demagogia. Porque quien hable con la verdad se arriesga a no ganar. Hay que prometer que todo cambiará, que habrá un nuevo país, que habrá pleno empleo, que viviremos en Arcadia. Todo se vale con tal de obtener la simpatía del elector. Endulzarle el oído, manifestar lo que quiere oír y alimentar su esperanza. No importa que sea imposible y que no se sepa el cómo, lo importante es mentir. Mentir para acceder al gobierno. Eso es lo que importa. No votaremos por las ideas, sino por las ocurrencias; no por las razones, sino por las ilusiones. La masa no piensa, sólo siente. Las campañas no se significarán por la producción de ideas, sino por la de imagen (del candidato). Es decir, no nos ofertarán ideología (que a la fecha ha sido aniquilada), sino mercancía (candidatos acicalados, atildados, sonrientes), melodías pegajosas y baladíes, pero “pegadoras” (al cabo, ¿qué se puede decir en los segundos que dura un “spot”?).

Pareciera que a nadie le importa saber, de boca de los candidatos, cómo elevar la productividad, la inversión productiva directa, el combate a la corrupción (que no se logra por decreto ni buenas intenciones o porque un mesías se instale en el cargo) o el atemperar la desigualdad. Cómo hacerle para acelerar el desarrollo económico y social (sin la vieja receta populista de los apoyos sociales, que no son más que limosna que no resuelve nada); el combate a la criminalidad (secuestro, extorsión, asesinatos).

Encima de ello, los electores tenemos la desventaja que pertenecemos a una nación que no lee, que tenemos un índice de escolaridad apenas de escuela secundaria (y en los lugares de más bajo aprovechamiento a nivel mundial), por lo que estamos expuestos a votar por quien nos embelese el entendimiento (como el flautista de Hamelin).

Y, por si no fuera bastante, el ejercicio de la incongruencia: los que ayer fueron calificados como elementos de la “mafia del poder”, hoy son postulados por aquéllos que los denostaban. Los postulantes simulando aquello que no son, y los postulados disimulando aquello que sí son. El mundo al revés. Pero, al fin y al cabo, eso no importa. Lo medular es la frase ingeniosa, la bravata picante, la gracejada hilarante. En fin, la ideología a merced de la escenografía. Preocupante.

P.D. Me alegro mucho que Margarita Zavala y Armando Ríos sean candidatos. Confío en su aportación de ideas.

El ejercicio de la incongruencia: los que ayer fueron calificados como elementos de la “mafia del poder”, hoy son postulados por aquéllos que los denostaban. Los postulantes simulando aquello que no son, y los postulados disimulando aquello que sí son. El mundo al revés.

La “geometría política” ha quedado hecha añicos. Lo mismo que la “orientación ideológica”. Basta ver la incorporación de personas en torno a cierto candidato presidencial para darse cuenta que la ideología fue hecha a un lado, si no es que despreciada. Los electores votaremos, quizá, por una persona, pero no por una idea o ideología; nuestro sufragio será en favor de alguien, como voto de castigo contra una situación, circunstancia o estadio que nos afecta. Pero no porque haya una referencia política ideológica. Simplemente porque ya no la hay. De ser así, regresaremos al caudillismo. Y eso es lo peligroso, porque se abre la puerta para que los mesías, los caudillos, los “iluminados”, tengan tribuna y escenario para prometer fantasías, utopías que abrazarán todos aquellos que están hartos de la corrupción, la desigualdad, la pobreza, la demagogia. Porque quien hable con la verdad se arriesga a no ganar. Hay que prometer que todo cambiará, que habrá un nuevo país, que habrá pleno empleo, que viviremos en Arcadia. Todo se vale con tal de obtener la simpatía del elector. Endulzarle el oído, manifestar lo que quiere oír y alimentar su esperanza. No importa que sea imposible y que no se sepa el cómo, lo importante es mentir. Mentir para acceder al gobierno. Eso es lo que importa. No votaremos por las ideas, sino por las ocurrencias; no por las razones, sino por las ilusiones. La masa no piensa, sólo siente. Las campañas no se significarán por la producción de ideas, sino por la de imagen (del candidato). Es decir, no nos ofertarán ideología (que a la fecha ha sido aniquilada), sino mercancía (candidatos acicalados, atildados, sonrientes), melodías pegajosas y baladíes, pero “pegadoras” (al cabo, ¿qué se puede decir en los segundos que dura un “spot”?).

Pareciera que a nadie le importa saber, de boca de los candidatos, cómo elevar la productividad, la inversión productiva directa, el combate a la corrupción (que no se logra por decreto ni buenas intenciones o porque un mesías se instale en el cargo) o el atemperar la desigualdad. Cómo hacerle para acelerar el desarrollo económico y social (sin la vieja receta populista de los apoyos sociales, que no son más que limosna que no resuelve nada); el combate a la criminalidad (secuestro, extorsión, asesinatos).

Encima de ello, los electores tenemos la desventaja que pertenecemos a una nación que no lee, que tenemos un índice de escolaridad apenas de escuela secundaria (y en los lugares de más bajo aprovechamiento a nivel mundial), por lo que estamos expuestos a votar por quien nos embelese el entendimiento (como el flautista de Hamelin).

Y, por si no fuera bastante, el ejercicio de la incongruencia: los que ayer fueron calificados como elementos de la “mafia del poder”, hoy son postulados por aquéllos que los denostaban. Los postulantes simulando aquello que no son, y los postulados disimulando aquello que sí son. El mundo al revés. Pero, al fin y al cabo, eso no importa. Lo medular es la frase ingeniosa, la bravata picante, la gracejada hilarante. En fin, la ideología a merced de la escenografía. Preocupante.

P.D. Me alegro mucho que Margarita Zavala y Armando Ríos sean candidatos. Confío en su aportación de ideas.

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