/ lunes 6 de abril de 2020

Hasta que Dios quiera...

Es domingo, salgo en el perímetro acostumbrado del Acapulco Náutico, como me gusta llamarle al entorno donde nací.

Bajo a la costera, cruzo Playa Manzanillo, el Paseo del Pescador, La Playita o Tlacopanocha, El Malecón, frente al Barrio de La Playa, se siente el vacío; los negocios cerrados.

Pepe, mi voceador callejero que por años me ha entregado los periódicos, se acerca al auto; al orillarme y pagar los diarios, le pregunto, ¿Vas a seguí vendiendo? Sí, ¡hasta que dios quiera! Me responde convencido.

Sigo mi ruta y paro frente al Edificio Oviedo, ahí me recibe "Picazzo", el acomodador de vehículos que se encarga de estacionarlo y lavarlo, qué haces aquí en domingo, le pregunto, trabajando patrón, sino, no come mi familia, me responde, y lo seguiré haciendo, ¡hasta que dios quiera!

Cruzo a la tienda de los "tres tecolotitos" y para mí sorpresa, el restaurante cerrado, así como otras áreas comerciales. Me dirijo a la barra de pan y café que atienden tres empleadas. Una de ellas , me reconoce, es la capitana de meseras a quien le expreso mi extrañeza de ver el establecimiento vacío; ella gentilmente me responde, "aquí estaremos", ¡hasta que dios quiera!

Regreso a mi auto y sigo hasta Playa Hornos. Me bajo a comprar "ojotones".

Ahí me recibe "el buzo", viejo pescador curtido por el sol, quien con tristeza me comparte su preocupación..."no puedo estar encerrado, necesito salir a pescar para que mi familia pueda comer", te entiendo, le digo y le compro una docena de

"cocineros frescos".

Al despedirme me dice,

"aquí estamos", ¡hasta que dios quiera"

De regreso a casa, cruzo el Barrio de La Bodega y me paro a comprar frutas y legumbres con Cristi, la dueña de la tienda que conoce y saluda a los vecinos por nombre a quienes atiende de manera personalizada. No soy la excepción y también le pregunto, ¿cómo va el negocio?

flojo, me responde, pero "aquí estaremos", ¡hasta que dios quiera.

Me subo al auto y recuerdo que es "Domingo de Ramos".

Me enfiló al Zócalo y veo la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad, cerrada, sin feligreses. Sí, en esa Catedral donde mi madre Lucha Valdeolívar y mis 'tias' Cecy Tellechea, Reyna Vanmeeter, Pachita Torreblanca y Raquel Zadala, sacaban a "pasear" a la Virgen de La Soledad alrededor del zócalo.

Una solitaria paisana de Chilapa teje laboriosamente a mano los ramos y crucifijos que no se venden ante la ausencia de creyentes. Le compro dos, me agradece y me bendice, no sin antes decirme, "aquí estaremos", ¡hasta que dios quiera!

Cómo siempre, usted tiene la mejor opinión.

Es domingo, salgo en el perímetro acostumbrado del Acapulco Náutico, como me gusta llamarle al entorno donde nací.

Bajo a la costera, cruzo Playa Manzanillo, el Paseo del Pescador, La Playita o Tlacopanocha, El Malecón, frente al Barrio de La Playa, se siente el vacío; los negocios cerrados.

Pepe, mi voceador callejero que por años me ha entregado los periódicos, se acerca al auto; al orillarme y pagar los diarios, le pregunto, ¿Vas a seguí vendiendo? Sí, ¡hasta que dios quiera! Me responde convencido.

Sigo mi ruta y paro frente al Edificio Oviedo, ahí me recibe "Picazzo", el acomodador de vehículos que se encarga de estacionarlo y lavarlo, qué haces aquí en domingo, le pregunto, trabajando patrón, sino, no come mi familia, me responde, y lo seguiré haciendo, ¡hasta que dios quiera!

Cruzo a la tienda de los "tres tecolotitos" y para mí sorpresa, el restaurante cerrado, así como otras áreas comerciales. Me dirijo a la barra de pan y café que atienden tres empleadas. Una de ellas , me reconoce, es la capitana de meseras a quien le expreso mi extrañeza de ver el establecimiento vacío; ella gentilmente me responde, "aquí estaremos", ¡hasta que dios quiera!

Regreso a mi auto y sigo hasta Playa Hornos. Me bajo a comprar "ojotones".

Ahí me recibe "el buzo", viejo pescador curtido por el sol, quien con tristeza me comparte su preocupación..."no puedo estar encerrado, necesito salir a pescar para que mi familia pueda comer", te entiendo, le digo y le compro una docena de

"cocineros frescos".

Al despedirme me dice,

"aquí estamos", ¡hasta que dios quiera"

De regreso a casa, cruzo el Barrio de La Bodega y me paro a comprar frutas y legumbres con Cristi, la dueña de la tienda que conoce y saluda a los vecinos por nombre a quienes atiende de manera personalizada. No soy la excepción y también le pregunto, ¿cómo va el negocio?

flojo, me responde, pero "aquí estaremos", ¡hasta que dios quiera.

Me subo al auto y recuerdo que es "Domingo de Ramos".

Me enfiló al Zócalo y veo la Catedral de Nuestra Señora de la Soledad, cerrada, sin feligreses. Sí, en esa Catedral donde mi madre Lucha Valdeolívar y mis 'tias' Cecy Tellechea, Reyna Vanmeeter, Pachita Torreblanca y Raquel Zadala, sacaban a "pasear" a la Virgen de La Soledad alrededor del zócalo.

Una solitaria paisana de Chilapa teje laboriosamente a mano los ramos y crucifijos que no se venden ante la ausencia de creyentes. Le compro dos, me agradece y me bendice, no sin antes decirme, "aquí estaremos", ¡hasta que dios quiera!

Cómo siempre, usted tiene la mejor opinión.

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