/ martes 1 de enero de 2019

El respeto a la alternancia en el poder, principio de ética

El respeto a la alternancia en el poder es uno de los principios universales de la ética política.

En el actual panorama de América Latina se observa con inquietud que el autoritarismo de viejo cuño ha emergido en algunos países para ahogar los ideales democráticos de los pueblos. Sin contar el socialismo fosilizado de los Castro en Cuba, encontramos a Maduro en Venezuela, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua; todos ellos gobernantes autoritarios que bajo el membrete de “presidentes constitucionales” ejercen por décadas una dictadura entre tropical y bufa gracias al truco de la reelección indefinida.

El concepto moderno de democracia surgió a finales del siglo XVIII como una expresión política de la idea de igualdad entre los hombres y su aplicación en los ámbitos de la vida social. Tocqueville, hacia 1830, partió de este concepto cuando analizó los efectos de la aplicación de este principio en la naciente república norteamericana, sobre todo la relación de los ciudadanos frente a las instituciones.

Es lamentable constatar que, en el transcurso de estos dos últimos siglos, el ideal democrático se haya envilecido para justificar formas de gobierno que, en la práctica, contrarían sus saludables principios. La pasión por la violencia y la proclividad a la tiranía engendraron, por igual, los totalitarismos y los autoritarismos. Bajo la pesada sombra de los totalitarismos de Estado (fascismo y comunismo) la libertad individual se agosta. Ya sea por convencimiento o por el uso de métodos coercitivos lo cierto es que el ciudadano, para sobrevivir, acaba aplaudiendo al tirano que lo aplasta. A su vez, los autoritarismos se enraízan en sociedades como las latinoamericanas, institucionalmente débiles con poca cultura política.

La libertad de expresión y el derecho a la crítica son limitados. Solo hay una opinión, la del autócrata y una sola verdad, la del gobierno.

Como siempre, usted tiene la mejor opinión.

El respeto a la alternancia en el poder es uno de los principios universales de la ética política.

En el actual panorama de América Latina se observa con inquietud que el autoritarismo de viejo cuño ha emergido en algunos países para ahogar los ideales democráticos de los pueblos. Sin contar el socialismo fosilizado de los Castro en Cuba, encontramos a Maduro en Venezuela, Morales en Bolivia, Ortega en Nicaragua; todos ellos gobernantes autoritarios que bajo el membrete de “presidentes constitucionales” ejercen por décadas una dictadura entre tropical y bufa gracias al truco de la reelección indefinida.

El concepto moderno de democracia surgió a finales del siglo XVIII como una expresión política de la idea de igualdad entre los hombres y su aplicación en los ámbitos de la vida social. Tocqueville, hacia 1830, partió de este concepto cuando analizó los efectos de la aplicación de este principio en la naciente república norteamericana, sobre todo la relación de los ciudadanos frente a las instituciones.

Es lamentable constatar que, en el transcurso de estos dos últimos siglos, el ideal democrático se haya envilecido para justificar formas de gobierno que, en la práctica, contrarían sus saludables principios. La pasión por la violencia y la proclividad a la tiranía engendraron, por igual, los totalitarismos y los autoritarismos. Bajo la pesada sombra de los totalitarismos de Estado (fascismo y comunismo) la libertad individual se agosta. Ya sea por convencimiento o por el uso de métodos coercitivos lo cierto es que el ciudadano, para sobrevivir, acaba aplaudiendo al tirano que lo aplasta. A su vez, los autoritarismos se enraízan en sociedades como las latinoamericanas, institucionalmente débiles con poca cultura política.

La libertad de expresión y el derecho a la crítica son limitados. Solo hay una opinión, la del autócrata y una sola verdad, la del gobierno.

Como siempre, usted tiene la mejor opinión.