/ sábado 15 de mayo de 2021

El matraquero de Palacio Nacional

La intromisión de la Presidencia de la República en las actuales campañas electorales ha sido abiertamente desmedida desde su arranque.

Como nunca, el presidente Andrés Manuel López Obrador se vale de su principal foro mediático, las mañaneras, para atacar con insolencia a candidatos, partidos de oposición, organizaciones, medios de comunicación, empresarios y todo aquel personaje que no comulgue con la Cuarta Transformación.

Al mismo tiempo, con la casaca guinda bien puesta para envolver su investidura presidencial, enaltece acciones de su gobierno en un periodo que prohíbe su difusión y promueve a algunos candidatos de Morena. Desprovisto de toda ecuanimidad, así fue como defendió férreamente a sus fallidos “gallos” -aunque uno se dice toro- a las gubernaturas de Guerrero y Michoacán, antes y después de haber sido depuestos por sentencia de la máxima autoridad electoral.

Desde su refugio en Palacio Nacional también opina sobre temas y asuntos exclusivos de las campañas, inclusive emitiendo posturas que buscan favorecer la opinión pública hacia la Cuarta Transformación, lo cual constituye una infracción a la ley. La primera autoridad del país, al igual que todo gobernante y servidor público en general, debe mantenerse al margen del proceso comicial.

La conducta presidencial se percibe como un movimiento desesperado por frenar los reveses advertidos hacia la 4T en algunas regiones del país. Nuevo León es un ejemplo. López Obrador ha dedicado los últimos días a tundir a los candidatos del PRI y de Movimiento Ciudadano al gobierno de ese estado -por cierto, punteros en todas las encuestas de preferencia electoral-, en un intento por resucitar la agonizante campaña de Clara Luz Flores, ex priísta postulada hoy por Morena.

También está consciente de que las tendencias sobre intención del voto en la recomposición de la Cámara de Diputados no son igual de favorables para la 4T como hace tres años en que consiguió una sobrerrepresentación mediante maniobras ya prohibidas por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Esta vez se enfrenta a la posibilidad de perder el control del Congreso de la Unión y, con ello, topar con diques legislativos indisolubles en busca de la aprobación de sus programas y del Presupuesto de Egresos conforme a sus intereses políticos convenga.

El presidente, sin empacho, acepta tener metidas las manos en las elecciones. La justificación para hacerlo, dice, es que no será cómplice de un fraude al que se refiere con ambages, aunque lo más riesgoso en el camino es su ira política radical que va desmoronando la democracia y alentando la polarización social de un país que prometió unificar con un sentido amoroso.

La irracionalidad de López Obrador en el terreno electoral está asociada a su insensibilidad mostrada frente a tragedias dolorosas para el país como el colapso de la línea 12 del Metro de la Ciudad de México o los recientes hechos de violencia en Jalisco que enlutan a familias enteras.

Lo más importante en su agenda es afianzar otros tres años de totalitarismo bajo las siglas de la 4T y acusar un complot en caso de no lograrlo.

Previo a su llegada a la Presidencia, algunos partidos se referían a López Obrador como un peligro para México.

Los tiempos, lamentablemente, parecen dar forma a aquella advertencia en una figura ofuscada por el rencor político y la obsesión del poder absoluto.

La intromisión de la Presidencia de la República en las actuales campañas electorales ha sido abiertamente desmedida desde su arranque.

Como nunca, el presidente Andrés Manuel López Obrador se vale de su principal foro mediático, las mañaneras, para atacar con insolencia a candidatos, partidos de oposición, organizaciones, medios de comunicación, empresarios y todo aquel personaje que no comulgue con la Cuarta Transformación.

Al mismo tiempo, con la casaca guinda bien puesta para envolver su investidura presidencial, enaltece acciones de su gobierno en un periodo que prohíbe su difusión y promueve a algunos candidatos de Morena. Desprovisto de toda ecuanimidad, así fue como defendió férreamente a sus fallidos “gallos” -aunque uno se dice toro- a las gubernaturas de Guerrero y Michoacán, antes y después de haber sido depuestos por sentencia de la máxima autoridad electoral.

Desde su refugio en Palacio Nacional también opina sobre temas y asuntos exclusivos de las campañas, inclusive emitiendo posturas que buscan favorecer la opinión pública hacia la Cuarta Transformación, lo cual constituye una infracción a la ley. La primera autoridad del país, al igual que todo gobernante y servidor público en general, debe mantenerse al margen del proceso comicial.

La conducta presidencial se percibe como un movimiento desesperado por frenar los reveses advertidos hacia la 4T en algunas regiones del país. Nuevo León es un ejemplo. López Obrador ha dedicado los últimos días a tundir a los candidatos del PRI y de Movimiento Ciudadano al gobierno de ese estado -por cierto, punteros en todas las encuestas de preferencia electoral-, en un intento por resucitar la agonizante campaña de Clara Luz Flores, ex priísta postulada hoy por Morena.

También está consciente de que las tendencias sobre intención del voto en la recomposición de la Cámara de Diputados no son igual de favorables para la 4T como hace tres años en que consiguió una sobrerrepresentación mediante maniobras ya prohibidas por el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación.

Esta vez se enfrenta a la posibilidad de perder el control del Congreso de la Unión y, con ello, topar con diques legislativos indisolubles en busca de la aprobación de sus programas y del Presupuesto de Egresos conforme a sus intereses políticos convenga.

El presidente, sin empacho, acepta tener metidas las manos en las elecciones. La justificación para hacerlo, dice, es que no será cómplice de un fraude al que se refiere con ambages, aunque lo más riesgoso en el camino es su ira política radical que va desmoronando la democracia y alentando la polarización social de un país que prometió unificar con un sentido amoroso.

La irracionalidad de López Obrador en el terreno electoral está asociada a su insensibilidad mostrada frente a tragedias dolorosas para el país como el colapso de la línea 12 del Metro de la Ciudad de México o los recientes hechos de violencia en Jalisco que enlutan a familias enteras.

Lo más importante en su agenda es afianzar otros tres años de totalitarismo bajo las siglas de la 4T y acusar un complot en caso de no lograrlo.

Previo a su llegada a la Presidencia, algunos partidos se referían a López Obrador como un peligro para México.

Los tiempos, lamentablemente, parecen dar forma a aquella advertencia en una figura ofuscada por el rencor político y la obsesión del poder absoluto.