/ lunes 31 de agosto de 2020

Desaparecidos: Dolor Incurable

En mayo de 2019, las calles de la Ciudad de México comprendidas entre el Monumento del Ángel de la Independencia y el Monumento a la Madre, vio pasar a más de 300 mujeres que clamaban “vivos se los llevaron; vivos los queremos”. Eran mujeres unidas en una “Marcha de la Dignidad Nacional” que, acompañadas del actor Diego Luna, elevaban sus voces pidiendo al Gobierno Federal ayuda para dar con el paradero de sus hijos.

Ese año, mientras el Presidente Andrés Manuel López Obrador dictaba su institucional Conferencia Matutina desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, Diego Luna cerró un mitin frente a Palacio Nacional, luego de que las madres expusieran el dolor de la desaparición de sus hijos, pidieran ayuda al gobierno para agilizar las investigaciones que permitan encontrar a sus hijos y, hacerlo para encontrarlos con vida. Diego Luna, el actor que ha recibido reconocimiento por su trabajo, escuchaba atento, conmovido ante las palabras de las oradoras. En su turno condenó que “se normalice la desaparición”. Ahí, sin ser recibidos por el Mandatario como clamaban o que saliera y les escuchara, fue el Subsecretario Alejandro Encinas que salió, casi al término de la concentración con fotografías de los rostros de los desaparecidos, por la puerta Mariana y les expresó que están trabajando también en ese tema.

Pero el Ángel de la Independencia no ha sido testigo solo de esa marcha, otras más, quizá una que se ha convertido en emblemática, es la que realizan desde ahí, pasar por el antimonumento alusivo en Reforma, Madres y Padres de los 43 estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, clamando por la aparición con vida de sus hijos desaparecidos en Iguala, Guerrero, en septiembre de 2014. El Presidente de México, cada mes se reúne con ellos para ver el avance y aún cuando se conoce de amparos y liberación de personas implicadas en ese hecho, estar un día al mes, unas horas, libera la presión de un grupo que en su justo derecho claman por saber de sus hijos.

Son de los casos más emblemáticos, pero hay más. Hay más. Hay hermanas, madres, padres, hermanos, hijos que en solitario buscan a sus seres queridos, que han convertido también ese tema en un punto de agenda pública, con pendientes todavía a pesar de que el Subsecretario de Derechos Humanos, de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas, dice que han dado resultados y cita el número de 98 mil 242 aparecidas con vida y 6 mil 401 fallecidas; que dice permanecen sin encontrar 73 mil 201, de las 177 mil 844 registradas. De ese número, que corresponde a un periodo comprendido entre el año 1964 hasta junio de 2020, el registro del Gobierno actual es de 63 mil 523.

Sin duda alguna el término “desaparecido” constituye un dolor incurable en la mente, en el alma y pone contrito el espíritu. Una persona “desaparecida” es acto incalificable que nos aleja de cualquier razonamiento de seres humanos. Que coloca la ambición por encima de los valores y reduce su condición viviente a una característica depredadora. Una persona desaparecida es un número, doloroso, que tiene a familias enteras pugnando por la oportunidad de encontrarlos, es un acto de justicia pendiente en la geografía de dolor, de violencia, de incertidumbre que, para no ser olvidado, se ha marcado en el calendario en el día 30 de agosto.

En mayo de 2019, las calles de la Ciudad de México comprendidas entre el Monumento del Ángel de la Independencia y el Monumento a la Madre, vio pasar a más de 300 mujeres que clamaban “vivos se los llevaron; vivos los queremos”. Eran mujeres unidas en una “Marcha de la Dignidad Nacional” que, acompañadas del actor Diego Luna, elevaban sus voces pidiendo al Gobierno Federal ayuda para dar con el paradero de sus hijos.

Ese año, mientras el Presidente Andrés Manuel López Obrador dictaba su institucional Conferencia Matutina desde el Salón Tesorería de Palacio Nacional, Diego Luna cerró un mitin frente a Palacio Nacional, luego de que las madres expusieran el dolor de la desaparición de sus hijos, pidieran ayuda al gobierno para agilizar las investigaciones que permitan encontrar a sus hijos y, hacerlo para encontrarlos con vida. Diego Luna, el actor que ha recibido reconocimiento por su trabajo, escuchaba atento, conmovido ante las palabras de las oradoras. En su turno condenó que “se normalice la desaparición”. Ahí, sin ser recibidos por el Mandatario como clamaban o que saliera y les escuchara, fue el Subsecretario Alejandro Encinas que salió, casi al término de la concentración con fotografías de los rostros de los desaparecidos, por la puerta Mariana y les expresó que están trabajando también en ese tema.

Pero el Ángel de la Independencia no ha sido testigo solo de esa marcha, otras más, quizá una que se ha convertido en emblemática, es la que realizan desde ahí, pasar por el antimonumento alusivo en Reforma, Madres y Padres de los 43 estudiantes de la Normal Rural “Raúl Isidro Burgos” de Ayotzinapa, clamando por la aparición con vida de sus hijos desaparecidos en Iguala, Guerrero, en septiembre de 2014. El Presidente de México, cada mes se reúne con ellos para ver el avance y aún cuando se conoce de amparos y liberación de personas implicadas en ese hecho, estar un día al mes, unas horas, libera la presión de un grupo que en su justo derecho claman por saber de sus hijos.

Son de los casos más emblemáticos, pero hay más. Hay más. Hay hermanas, madres, padres, hermanos, hijos que en solitario buscan a sus seres queridos, que han convertido también ese tema en un punto de agenda pública, con pendientes todavía a pesar de que el Subsecretario de Derechos Humanos, de la Secretaría de Gobernación, Alejandro Encinas, dice que han dado resultados y cita el número de 98 mil 242 aparecidas con vida y 6 mil 401 fallecidas; que dice permanecen sin encontrar 73 mil 201, de las 177 mil 844 registradas. De ese número, que corresponde a un periodo comprendido entre el año 1964 hasta junio de 2020, el registro del Gobierno actual es de 63 mil 523.

Sin duda alguna el término “desaparecido” constituye un dolor incurable en la mente, en el alma y pone contrito el espíritu. Una persona “desaparecida” es acto incalificable que nos aleja de cualquier razonamiento de seres humanos. Que coloca la ambición por encima de los valores y reduce su condición viviente a una característica depredadora. Una persona desaparecida es un número, doloroso, que tiene a familias enteras pugnando por la oportunidad de encontrarlos, es un acto de justicia pendiente en la geografía de dolor, de violencia, de incertidumbre que, para no ser olvidado, se ha marcado en el calendario en el día 30 de agosto.

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