/ miércoles 24 de abril de 2019

De la invasión…

Un día como el retropróximo domingo 21 de Abril, pero de 1914, una vez mas, nuestra nación fue invadida por las tropas estadounidenses, en un acto, como siempre, de facto, no de iure, evidenciando, también, su postura de ser los bravucones del barrio, bajo la premisa de la Doctrina Monroe “América, para los americanos”, (en el entendido de que entre sus abusos, está el haberse apropiado hasta del nombre de todo el continente, para designarse como país).

Es de recordar que el pretexto de la invasión se dio cuando un grupo de 8 marinos gringos en Tampico, quienes estaban acechando a un barco (el Ypiranga), que traía un cargamento de armas para el gobierno del chacal Huerta, fueron detenidos por estar cargando gasolina en un muelle, lo que estaba prohibido por ser en ese momento zona de conflicto por el movimiento revolucionario, cosa que molestó sobremanera a sus superiores, quienes exigieron al gobierno, además de la libertad inmediata de los infractores, el que se rindieran honores a su bandera, izándola en el puerto y con 21 cañonazos de salva en señal de desagravio. Obviamente que la diplomacia mexicana, bajo el mando de Venustiano Carranza, quien era el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista rechazó tal exigencia, aduciendo que se obsequiaría con ello, si los estadounidenses hicieran lo propio respecto a nuestro lábaro patrio, petición que fue rechazada por aquéllos.

De esta guisa, se sentaron los pródromos de tan siniestra invasión (resultado del expansionismo imperialista en América Latina y el Caribe, que no fue otra cosa, pues su estancia la pretendían justificar, con el pretexto de estar cuidando los intereses y nacionales estadounidenses, con motivo de la Revolución), que empezó ese 21 de Abril y después de administrar el puerto, terminó 7 meses después el 23 de Noviembre de ese año, cuando zarpó el último barco de la flota invasora. Estamos recordando este evento siniestro en su centésimo quinto aniversario (CV).

Ya es de todos conocida la hazaña de la población veracruzana (niños, mujeres, ancianos, incluso prostitutas), quienes lucharon heroicamente en contra de los invasores, toda vez que el comandante militar de la plaza, el General Mass (sobrino del espurio Huerta), la abandonó sin luchar, conocido también el arrojo de los cadetes de la H. Escuela Naval Militar de Veracruz, y entre otros Virgilio Uribe y el acapulqueño, José Azueta, quienes ofrendaron su vida en aras de la dignidad y soberanía de nuestra patria.

En Acapulco se recordó lógicamente en la (vuelta a nombrar, 23 de Noviembre de 2003), Plaza de la Heroica Escuela Naval Militar (antes llamado Parque de la Reina).

Ergo, recordar estos eventos no tienen por objeto atizar rencores ni venganzas (como el “ Remember the Alamo” de los gringos), sino estrechar los lazos de nuestra solidaridad, en aras de lograr una paz permanente. O usted, pacifista lector, ¿Qué opina?



Un día como el retropróximo domingo 21 de Abril, pero de 1914, una vez mas, nuestra nación fue invadida por las tropas estadounidenses, en un acto, como siempre, de facto, no de iure, evidenciando, también, su postura de ser los bravucones del barrio, bajo la premisa de la Doctrina Monroe “América, para los americanos”, (en el entendido de que entre sus abusos, está el haberse apropiado hasta del nombre de todo el continente, para designarse como país).

Es de recordar que el pretexto de la invasión se dio cuando un grupo de 8 marinos gringos en Tampico, quienes estaban acechando a un barco (el Ypiranga), que traía un cargamento de armas para el gobierno del chacal Huerta, fueron detenidos por estar cargando gasolina en un muelle, lo que estaba prohibido por ser en ese momento zona de conflicto por el movimiento revolucionario, cosa que molestó sobremanera a sus superiores, quienes exigieron al gobierno, además de la libertad inmediata de los infractores, el que se rindieran honores a su bandera, izándola en el puerto y con 21 cañonazos de salva en señal de desagravio. Obviamente que la diplomacia mexicana, bajo el mando de Venustiano Carranza, quien era el Primer Jefe del Ejército Constitucionalista rechazó tal exigencia, aduciendo que se obsequiaría con ello, si los estadounidenses hicieran lo propio respecto a nuestro lábaro patrio, petición que fue rechazada por aquéllos.

De esta guisa, se sentaron los pródromos de tan siniestra invasión (resultado del expansionismo imperialista en América Latina y el Caribe, que no fue otra cosa, pues su estancia la pretendían justificar, con el pretexto de estar cuidando los intereses y nacionales estadounidenses, con motivo de la Revolución), que empezó ese 21 de Abril y después de administrar el puerto, terminó 7 meses después el 23 de Noviembre de ese año, cuando zarpó el último barco de la flota invasora. Estamos recordando este evento siniestro en su centésimo quinto aniversario (CV).

Ya es de todos conocida la hazaña de la población veracruzana (niños, mujeres, ancianos, incluso prostitutas), quienes lucharon heroicamente en contra de los invasores, toda vez que el comandante militar de la plaza, el General Mass (sobrino del espurio Huerta), la abandonó sin luchar, conocido también el arrojo de los cadetes de la H. Escuela Naval Militar de Veracruz, y entre otros Virgilio Uribe y el acapulqueño, José Azueta, quienes ofrendaron su vida en aras de la dignidad y soberanía de nuestra patria.

En Acapulco se recordó lógicamente en la (vuelta a nombrar, 23 de Noviembre de 2003), Plaza de la Heroica Escuela Naval Militar (antes llamado Parque de la Reina).

Ergo, recordar estos eventos no tienen por objeto atizar rencores ni venganzas (como el “ Remember the Alamo” de los gringos), sino estrechar los lazos de nuestra solidaridad, en aras de lograr una paz permanente. O usted, pacifista lector, ¿Qué opina?



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